una vez con el videoarte

Por Paloma Bustos Anichiàrico
Corresponsal Marilyn 3:30 Madrid (España)
No sé si debo empezar por decir que, ni tengo amplios conocimientos acerca del video-arte, ni un especial interés por él, lo que no quiere decir que no haga algunas concesiones. Desde el 14 de febrero, en Madrid, se muestra la primera retrospectiva de Nam June Paik, “el padre del videoarte”, que se hace en Europa un año después de su muerte. El pretexto de la muestra, que ha sido llamada Nam June Paik y Corea: de lo fantástico a lo hiperreal, es hacer énfasis en el encuentro que entre Oriente y Occidente aparece en la obra. No sabría decir si es porque no conocía lo que hizo, o porque en efecto son obras resueltas de manera tan distinta que, una vez cruzas la puerta de seguridad, logra despistarte y no sabes dónde empieza (si es que hay una ruta prevista). En primera instancia, las construcciones de los personajes en tonos terrosos son opacadas por paredes de monitores ruidosos que crecen al fondo. De inmediato, en una de las salas laterales, un video con un recuerdo (rito) chamánico en honor a su amistad con Joseph Beuys; en otra, la huella de un performance que, en tiempos de Fluxus, realizó en compañía de John Cage; y en el mismo espacio, una serie de pinturas NaÏf que, junto a trabajos formalmente muy desiguales, comparten la leyenda que les ha sido asignada, la razón de ser: sesiones de meditación. Mucho del resto es una continuación del eclecticismo entre lo que se cree moderno y lo que se define como arcaico. Esta vez, yo, desprevenida, pondría sobre la mesa obras y segmentos de obras que se expresan en la quietud y no en la epilepsia rutilante -no digo mala- de las imágenes que todos asocian mejor con el revolucionario video-clip musical. Son estos stills y no las imágenes en movimiento los que constituyen la minoría de las obras. Recuerdo, por ejemplo, Zen for TV (1963), que por ser una de las obras más austeras en ese universo de tiempos variables, de sonidos, de colores ácidos y de neones (ya hacia el final de su vida), resulta memorable; y no sólo eso, sino que tan pronto la ves casi desde cualquier distancia, deviene la síntesis de lo que puede ser un hombre oriental que piensa en términos de arte electrónico, además de que el nombre resulta obvio. Son dos cosas: un televisor Samsung negro que ha sido puesto en posición vertical, y una línea blanca (antes horizontal, claro) que se proyecta en la pantalla de un extremo al otro. Luego están los robots, esos hombres “clásicamente tecnológicos o futuristas” que, además de pesados e ingeniosos en su construcción, pueden mirarse como ensamblajes–stands de un anticuario de las telecomunicaciones.
Pero eso es lo curioso, que se trata de telecomunicaciones y que estos artefactos, a los que en las fichas técnicas se refieren como “de época”, parece que se desencadenan del mobiliario típico de una acogedora casa que es recorrida por brisas de bambú al sur de una Corea “de época”. También hay unas fotografías en blanco y negro que creo que hacen parte de un estudio para algún otro trabajo. Éstas abren ventanas a un universo paralelo y silencioso en el que los monitores asisten a una reunión íntima, a un encuentro entre ellos sin la participación de otras historias de otros tiempos que se mezclen con el suyo en sus cabezas. Y más alejadas aún del resto de la estética, cuelgan unas pocas fotografías de objetos y de espacios que, en otro contexto, pensaría que están hechas en el taller de costura de un hombre al que hace mucho no visitan los clientes y cuya afición es la taxidermia.
Tampoco ideo cuentos improbables en cada cuadro de cada ocasión.
Acerca del articulo
Estás leyendo “una vez con el videoarte,” un articulo de Marilyn 3:30
- Publicado:
- 05.16.07 / 9am
- Sección:
- Viola & Co.
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