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Por Jaime Romero Guaquèta Coordinador Area de Fotografìa .Medios Audiovisuales

 

En tanto que las discusiones conceptuales y filosóficas rodeaban a la fotografía desde sus inicios, pugnando para que el mundo artístico le abriera sus puertas, la gran mayoría de los fotógrafos se marginaban de esta circunstancia para dedicarse a realizar lo que les era propio: fotografías. En última instancia, al fotógrafo, y me refiero con este título a cualquiera que estuviera en la capacidad de tomar una fotografía, estaba más interesado en el servicio que ella como técnica le prestaba (aún si su intención fuera artística) que en discursos que validaran su uso y, de hecho, serían pocos los fotógrafos que harían parte activa de las discusiones, las cuales quedarían saldadas de manera categórica a mediados de 1960 con la aparición de movimientos artísticos que acogieron en su seno a la fotografía así como a otras técnicas de reproducción gráfica contemporáneas, y con ensayos y manifiestos escritos por artistas, críticos de arte, semiólogos y sociólogos que revaloraban el poder de comunicación y el papel de aquella. Claro que estas discusiones han continuado, pero lo cierto es que la fotografía, en sus múltiples manifestaciones, tiene ya un espacio en los museos de arte. Un aspecto que quedó claro en su momento, es que lo artístico no está determinado por la técnica utilizada en una obra sino por la intención estética de su creador, más allá de las normas y pautas que dicta la doctrina estética de cada tiempo histórico, y de la posibilidad de expresarse a través de un medio que permita dejar patente la personalidad del autor, es decir, un medio que favorezca el lenguaje poético propio del artista.

 

Hoy en día el título de fotógrafo le confiere a su portador un estatus artístico que tácitamente incide en la percepción del espectador de cualquier imagen fotográfica aún cuando, como ya dije, la obra artística está avocada a seguir los parámetros y doctrinas de cada época. Pero por otra parte, estas doctrinas son autoritarias, pues dictan las tendencias que sigue aquello que se “debe” considerar arte y, por tanto, no todo el que utiliza un pincel es artista, ni lo es tampoco todo aquel que utiliza una cámara fotográfica (aún cuando su intención sea artística). Esta desacertada frase es a mi parecer una barrera que le impide tanto al artista crear libremente y expresarse de acuerdo con sus propias inquietudes, como al espectador apreciar una imagen sin prejuicios.

 

Y he aquí el punto central de mi pequeña reflexión: ¿cómo puedo observar una fotografía sin dejarme llevar por mis prejuicios, que no son otra cosa que los de la sociedad y la cultura que me rodean? Si pudiera marginarme del discurso artístico y de la discusión estética tal vez apreciaría la imagen en su verdadera esencia y de forma abierta y sincera, sin siquiera asignar tendencias o temporalidades e incluso dejando de lado cualquier comentario que resultaría tan personal y subjetivo como la intención misma del autor. El sólo hecho de encontrarme con una imagen fotográfica expuesta en una galería determina de antemano la posición que como espectador asumiré frente a ella, por lo que para mí, una situación ideal para apreciar la fotografía se encuentra en un entorno ajeno a los comúnmente relacionados con el ámbito artístico.

 

Una interesante oportunidad se me presenta con cierta regularidad al observar el trabajo fotográfico de los estudiantes del Énfasis de Fotografía de la carrera de Medios Audiovisuales del Politécnico Grancolombiano, y no porque el ámbito universitario no sea, como lo es, un crisol de arte y estética reconocido, sino porque el estudiante en no pocas ocasiones se expresa en su obra de una manera refrescantemente ingenua y a la vez desafiante de paradigmas y doctrinas arraigados en la cultura convencional, otorgándole de esta manera al docente el privilegio de ser espectador de opinión libre, sin el peso que conlleva la crítica artística. Este privilegio es breve, pues sólo dura hasta el instante en que por su posición, el docente debe emitir su juicio, sus recomendaciones, descomposiciones y análisis que vician la visión original del autor, que en su papel de “aprendiz” recoge los nuevos elementos y los integra a su obra para validar su intención artística.

 

Es por eso que me negaré a comentar de manera alguna las imágenes que acompañan este texto y en cambio invito al lector a dejar de lado sus prejuicios para observar estas imágenes no como quien entra a una exposición de arte sino como lo que son esencialmente: FOTOGRAFÍAS. Sólo una recomendación, si se me permite: obsérvelas silenciosamente y, perdón por la grosería, guárdese los comentarios para si mismo*. La única información que considero pertinente es que los tres autores de estas obras, Diana Montañez, David Micolta y Carlos Clavijo, son actualmente egresados del Politécnico que desarrollaron estos trabajos en el ejercicio académico de asignaturas del Énfasis de Fotografía y que en su momento tuve el privilegio de enfrentarme a estas imágenes sin las pretensiones de un “crítico de arte”.

 

* Esta recomendación pretende por supuesto no viciar la lectura que cada espectador le de a las imágenes, pero esto es de hecho una contradicción, pues si hemos leido el texto, sea que compartamos o rechacemos su contenido, no podremos evitar tomar partido y observar las imágenes de forma viciada. Pero en fin, no mencionemos este “pequeño detalle” y seamos espectadores sin prejuicios… bueno, tampoco mencioné el título de las obras (que en todo caso esta acompañando cada imagen), que obviamente también afecta la percepción de las mismas


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